Siempre se piensa que ‘aún hay tiempo’, pero cuando llega el momento es tarde

 

A menudo recuerdo cuando era pequeña y no podía dormir en verano. Entonces recurría a quien siempre me reconforta: mi madre.

Un día de esos veranos le pedí a mi madre que me contara algo bonito, una historia que me ayudara a dormir tranquila.

—Mamá, cuéntame algo que me calme el alma —le dije, arropada en las sábanas de su cama. Ella me sonrió con ternura mientras me hablaba con un tono suave, casi melancólico, para contarme la historia de una mujer que fue un pilar fundamental en nuestra familia.

—Hija —me dijo—, quiero hablarte de una mujer que fue como una estrella: siempre brillaba, siempre nos guiaba. Fue incansable, generosa, llena de amor y de vida. Nació en una familia de agricultores, donde cada hectárea del campo daba su propio aceite. Desde muy joven, aprendió el valor del esfuerzo y la responsabilidad, valores que mantendría a lo largo de su vida.

Con lo que no contaba, tan joven, era con que la vida se mueve por lugares que ni sospechamos y, recién cumplidos los dieciséis años,  la suya dio un giro.

Su madre falleció de forma inesperada y, de la noche a la mañana, ella tuvo que convertirse en el sostén de su hogar. Cuidó a sus hermanos pequeños, acompañó a su padre y se convirtió en madre sin haberlo sido. Aprendió a cocinar, a gestionar una casa, y sobre todo, a mantener unida a la familia.

Su madre le había dejado un seguro de vida, un seguro que no solo era económico, era de alegría y optimismo, de lucha y responsabilidad, de un saber hacer y saber vivir con la tranquilidad de saber que lo que hacía era lo mejor para quienes dependían de ella.

Por supuesto, la parte económica fue importante para el futuro de la familia que dejaba. Gracias a ello y a su tesón inalterable pudo salir adelante, reponerse y construir un futuro para ella y sus hermanos.

A pesar del dolor, nunca dejó de sonreír. Su fuerza era el amor, y su fe, su refugio.

—Mamá, ¿cómo podía ser tan fuerte? —pregunté, fascinada por la historia de mi bisabuela.

—Porque sabía que el amor es lo que nos sostiene —respondió mi madre—. Aprendió a perdonar, a no guardar rencor. Cada día comenzaba con una oración, buscando fuerzas en su fe. Fue una mujer extraordinaria, que era capaz de hacer cualquier cosa y hacerla bien  —continuó—. Un ejemplo de esto es que fue una excelente cocinera que con pocos ingredientes creaba platos que sabían a hogar, a consuelo, a amor.  Su casa era el refugio de todos, el lugar donde las penas se diluían y la alegría se compartía. Me enseñó a cocinar, a disfrutar, pero sobre todo a respetar, a perdonar… Lecciones que sigo llevando muy dentro del corazón, como sabes.

Los ojos de mi madre brillaban al recordarla. Me contó que mi bisabuela partió de este mundo apenas dos semanas antes de que yo naciera. No pudo conocerme y esto fue un golpe duro para ella.

—Quería verte, hija. Cada día, durante mi embarazo, rogaba poder llegar a tenerte en brazos. Pero Dios tenía otros planes y ella los intuía. En su lecho de muerte recordó a su madre y recordó también la incontable cantidad de veces que le había agradecido su amor y su dedicación, a pesar de disfrutar de ella solo durante dieciséis años.

Ella recogió el legado de su madre y con él, junto con ese pequeño empujón económico, pudo convertirse en la mujer que fue.

Lloré por ella en silencio a pesar de no haberla conocido. Sentí que cada palabra me acercaba a ella. Su esencia estaba presente en cada historia, en cada gesto que se repite en nuestra familia.

—¿Tú crees que me ve desde el cielo? —le pregunté con un nudo en la garganta.
—Estoy segura de que sí, «tata». Y que sonríe cada vez que te ve crecer, aprender y seguir sus pasos.

Esa noche entendí que lo que me contaba no era solo un relato para dormir. Era un legado. Una historia que algún día yo también compartiría con mis hijos para que nunca olviden de dónde venimos. Para que entiendan que el amor, la bondad y la fe son los pilares que sostienen todo.

Hoy, como mujer, madre, empresaria y profesional del sector asegurador, sé que aquella historia no fue solo una anécdota. Fue una lección de vida. Mi abuela Araceli nos enseñó que el amor debe cuidarse, protegerse y transmitirse. Y por eso creo, de corazón, en el seguro de vida.

Porque cuando la vida te da lo mejor de ti —una familia, unos hijos, un hogar—, lo mínimo que puedes hacer es garantizar su bienestar, incluso cuando ya no estés. Porque protegerles es amarles, incluso en tu ausencia.

Un seguro de vida no se contrata por miedo. Se contrata por responsabilidad. Por amor. Por legado.

Y cada vez que asesoro a alguien desde nuestra correduría, lo hago con la certeza de que detrás de cada decisión hay una historia como la mía.

Porque, al final, no hablamos de productos: hablamos de personas, de acompañarnos en decisiones importantes.

Jessica Palma Cabrera